La integración de especies como la vicia o el trébol en el esquema productivo permite reducir el uso de fertilizantes químicos y optimizar la nutrición de los cereales.
La búsqueda de una agricultura más eficiente y amigable con el medio ambiente ha puesto el foco en prácticas tradicionales potenciadas por la ciencia moderna. Se destacó que las leguminosas ganan protagonismo y mejoran la eficiencia del nitrogeno en secuencias con maiz, actuando como «cultivos de servicio» que fijan nutrientes de forma natural en el perfil del suelo. Esta técnica permite que el productor ahorre costos significativos en la compra de urea y otros fertilizantes sintéticos, al tiempo que mejora la estructura física de la tierra para capturar mejor el agua de lluvia. Los especialistas del INTA han realizado ensayos donde se demuestra que el maíz posterior a una leguminosa expresa un potencial de rinde superior, con plantas más vigorosas y resistentes al estrés térmico. Además del aporte nutricional, estas especies ayudan a controlar la aparición de malezas durante el periodo de invierno, reduciendo la necesidad de aplicaciones de herbicidas. Los productores que han adoptado este sistema manifiestan una mejora en la rentabilidad a largo plazo y una reducción en la huella de carbono de su establecimiento. El informe técnico resalta que la diversificación de raíces en el suelo favorece la biodiversidad de microorganismos benéficos que combaten patógenos naturales. La adopción de estas secuencias es cada vez más frecuente en la región pampeana, donde la degradación de los suelos obligaba a repensar los esquemas de siembra directa tradicionales. Se recomienda asesorarse sobre el momento exacto de secado de la leguminosa para que no compita por la humedad con el cereal de verano. Esta innovación agroecológica posiciona a la Argentina como un referente en el manejo sustentable de recursos naturales aplicados a la producción masiva de alimentos.

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